Marcos 2, 13-17
El Evangelio de Marcos me recuerda que muchas veces he tenido temor, como todos los hombres, en ser encasillado.
Aqui vemos que en el tiempo de Jesús era igual. No había que juntarse con la gente de mala fama porque eso era peligroso. Es claro que compartir la mesa con alguien es decir que somos iguales. Son iguales en dignidad los pecadores y los fariseos. Este mensaje es isoportable para los que se creen mejores que todos (los fariseos de antaño y los actuales) que Jesús los pusiera en el mismo nivel en cuanto al amor del Padre. Precisamente la clave está en que "necesitan médico los enfermos". Dios no hace diferencias entre las personas porque nos ama a todos, pero tiene un especial cuidado y atención por los que están lejos y extraviados, porque para ellos también es el Reino, porque desde que los creó pensó lo mejor para ellos.
Estoy seguro que muchos que hacemos las cosas"buenas" y "rectas", algunas veces hemos estamos impulsados por el miedo o por el deseo de aparentar y eso es una esclavitud que nos permite gozar de la libertad que nos regala el Amor que recibimos gratis de nuestro Padre Dios. Necesitamos volver a encender en nuestro corazón la fuerza renovadora del Evangelio, para aventurarnos a ser hermanos de todos, especialmente en ésta sociedad que margina, que rechaza y que estigmatiza a los que son distintos (feos, gordos, comunistas, godos, gays, creyentes, pobres, ateos, extranjeros).
Necesitamos volver a sentir la necesidad de ser hermanos, antes que dejarnos llevar por la tentación de señalar y rechazar a otros.
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